Hay que ser muy valiente

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Entro al aula. Observo a cada chica y cada chico que están sentados en las sillas, de cara a una pizarra que, normalmente, se llena de fórmulas matemáticas, de oraciones para analizar gramaticalmente, de esquemas de períodos históricos. El alumnado me mira y me revisa de arriba abajo. Intuyo que me están haciendo una radiografía intentando adivinar cómo soy o qué les voy a contar por la ropa, el peinado y mi aspecto físico en general. La tutora o tutor me presenta, les explica por qué estoy ahí y mi currículum académico. Nombran, si así lo requiere, a la institución que me ha pedido que asista. Pero eso les da igual, no están escuchando demasiado porque les importa poco. Otro rollo sobre violencia de género, deben pensar. Antes de que el profesorado abandone el aula para que yo intervenga, agradezco la presentación y le acompaño hasta la puerta, que cierro tras de mí bajo la atenta mirada de estas personas que siguen revisándome mientras surgen conversaciones privadas entre ellas y ellos.

Empieza la función. Y lo asumo y me caraterizo. Cambio mi tono que pasa a ser menos suave, mi manera de comunicar que se adapta a su vocabulario . Cambio mi forma de sentarme y me siento encima de la mesa con las piernas balanceándose. No es involuntario, todo está ensayado y es premeditado. Se hace el silencio en el aula sin que yo lo pida y esperan que les diga algo, necesitan saber quién soy, y esa es la clave.

Cuando intervenimos en un aula no tienen delante a especialistas en género porque esto les da exáctamente igual. Somos personas que hemos vivido experiencias y que una vez, hace mucho o hace menos, tuvimos su edad. Somos mujeres o somos hombres, que más allá de una conciencia feminista y de una formación académica, tenemos el reto de hacer que les interese nuestra vida para que se sientan identificadas ellas y empaticen ellos. Fuimos como ellas y como ellos, insisto. Nos enamoramos alguna vez según el mandato del Mito del Amor Romántico. Si somos mujeres heteros, del tio más macarra del instituto, del chulo, del rebelde, del malote, llámalo como quieras, con quince, trece o diecisiete años. Si no fuimos heterosexuales puede que nos encontráramos perdidas/os porque ningún discurso estaba hecho para nosotras/os pero teníamos algo en común: la forma de amar. El Mito nos atravesó sin importar nuestra orientación sexual. Lo imposible era lo que más nos ponía.

Puede que padeciéramos los celos y el control; el miedo a ser abandonadas. Experimentáramos rupturas y las viviéramos de una forma dolorosa porque así es como nos enseñaron, a través de múltiples canales, que se ama de verdad: si no hay sufrimiento y límites que superar para que haya un final feliz… no amas de verdad. Me gusta que lo sepan, que no les ha pasado solo a ellas/ellos. Que no son los bichos raros que algunas voces se empeñan en afirmar, escandalizadas y asegurando que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Las cifras son alarmantes, sí. Muy alarmante. El último estudio en Andalucía “Voces tras los datos” dirigido por la socióloga Carmen Ruiz alerta: “Los maltratadores comienzan a agredir físicamente incluso al mes de comenzar la relación, que el 100% de las chicas ha sufrido acoso sexual y que los primeros signos de violencia de género se camuflan bajo una falsa idea de amor romántico”. Lo cierto es que estos datos nos tienen que poner en alerta ya, sin demora. También es cierto que ahora contamos con un interés académico, y en ocasiones institucional, al respecto;  me gustaría saber qué cifras hubieran salido o a qué conclusiones se hubiera llegado si hubieran hecho algún estudio cuando yo tenía 15 años. Porque el Amor Romántico… sabemos que no es nuevo. Eso fuimos pero somos también el ahora, un modelo de referencia durante una o dos horas y tenemos que sacarle el máximo partido a esos escasos 120 minutos, que tenemos en el mejor de los casos.

Me ayudo de la teoría de grandes investigadoras y pensadoras como Coral Herrera, Joan Scott, Marcela Lagarde, Carmen Ruiz, Nuria Varela, Simone de Beauvoir, Judit Butler, Luis Bonino, Miguel Lorente, entre otras. Me ayudo de sus escritos, de su imprescindible aportación a la academia y a las personas sensibilizadas con las violencias que se ejercen contra las mujeres. Me apoyo en ellas/ellos para aplicarlo a mi vida y a las suyas con recursos que les son atractivos y que consumen a diario como 3MSC, Mujeres y Hombres y Viceversa, las letras de las canciones de Romeo Santos, de Malú o, incluso, de Paquirrín (para seros sincera no sé si este último ha compuesto algo). Apuesto por la capacidad crítica, por dejarles antes de irme unas gafas violetas que pueden utilizar aunque yo ya no esté la próxima vez que escuchen o vean algo parecido porque yo sólo soy un agente educacional más.

En cada sesión me desnudo y, aunque esta cultura sigue penalizando según qué desnudos, me siento cómoda. Poco a poco se van quitando prendas también y descargando la mochila del Patriarcado que tanto les pesa. Noto en ellas, generalmente, una liberación. Percibo en ellos, normalmente, impacto. Haber naturalizado desde la infancia que somos desiguales y disfrazarlo de igualdad, en el discurso políticamente correcto, impacta, como poco, cuando se es consciente. Ser conscientes de que es una construcción cultural y que el cambio es posible libera.

A veces hay resistencias y escucho discursos que puedo leer en cualquier foro en el que personas adultas tienen actitudes machistas. Repiten lo que se les enseña y esto es una mala noticia pero también hay una buena: en ese período tan complejo que es la adolescencia se andan buscando y construyendo y, a pesar de panfletos reaccionarios que pretenden deslegitimarlo, el feminismo es trabajar por la paz, es amar, son derechos humanos, es solidaridad, es diversidad, es riqueza, es ser consciente de las injusticias que históricamente han subordinado al género femenino, es poder definirte individualmente desde la libertad y esto… es demasiado atractivo para negártelo a ti misma/o.

Tengo que confesar que me sigue subiendo el frío por la espalda cuando nombramos los diferentes tipos de violencia de género que existen y veo codos de chicas que se golpean, entre ellas, miradas que se buscan o caras de “te lo dije”. Pero tengo que guardar la compostura y propiciar que me quieran contar más, que confíen en mí para que otras especialistas puedan ayudarles a detener algún proceso de violencia por el que puedan estar pasando y empezar a trabajar su autoestima, dañada, anulada a veces. Es lo más difícil, en 120 minutos (con suerte), conseguir que alguien que no te conoce confíe en ti. Cada vez que se hace prevención asumo que puede darse la detección y, cuando empecé a trabajar en esto y me quedaba a solas con alguna chica al terminar, aguantaba las lágrimas. Ya no lo hago porque he descubierto que llorar juntas alivia el alma y que esos abrazos son parte de la fuerza que va a necesitar para empezar a decir basta. Llorarlo todo, o una parte, es el inicio de una vida nueva.

Es un logro también para mí cuando son ellos los que se detectan y se identifican en indicadores machistas relacionados con los celos o la necesidad de de controlar a su pareja. Es un éxito cuando se acercan para decirte “yo no quiero ser así”. Esto es también el inicio pero debo decir que las instituciones públicas no suelen tener un cauce para no perder a estos chicos en el proceso y es raro que pueda derivarlos a talleres de nuevas masculinidades en los que deconstruirse.

Y a mí me sigue emocionando trabajar con chicas y chicos que tan jóvenes… son tan fuertes y valientes. Porque hay que ser muy valiente para cuestionar lo aprendido, lo normado. Hay que ser muy valiente para pedir ayuda y, como dice Almudena Grandes en su novela Los besos en el pan, más valiente para aceptarla.

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