Sobre mí

Me llamo Melisa Ruiz López, nací en Puerto de Sagunto, un pueblo con mar que en verano huele a sal, en mayo de 1981. En esa época, en la que lo más importante era tener un bocata de Nocilla para la merienda o aprender a ir sin ruedines, a mí me gustaba nadar, ver Pippi Langstrum, saltar rápido al “pan, vino, tocino”, raparle la cabeza a las Barbies que encontrara en mi camino y que me contaran cuentos.

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Pero, sin duda, mi diversión favorita era que mi abuela me contara historias de mujeres valientes que compartían penas, alguna alegría y muchas rutinas. Mujeres que iban juntas al lavadero mientras cantaban (aunque no tenían muchas cosas que celebrar), que trabajaban dentro y fuera de casa, que se acompañaban en los partos, que criaban a sus hijas e hijos en comunidad, que lloraban a maridos, hermanos y padres asesinados durante la Guerra Civil Española y, que a veces, tenían que enterrarlos solas y clandestinamente. Mujeres fuertes, encarceladas y torturadas por defender la libertad y la democracia. Mujeres que siguieron haciendo política a pesar del régimen dictatorial. Mujeres que tuvieron que elegir entre el exilio interior y el exterior. Esas eran mis historias favoritas.

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Decidí licenciarme en la carrera de Historia en la Universidad de Valencia porque necesiba saber más sobre ellas pero allí no me contaron las historias de esas mujeres. No eran visibles en los contenidos, hasta que realicé la optativa de género. Al cursarla me aproximé desde lo académico a estas realidades invisibilizadas que habían ido construyéndome identitariamente desde siempre, en el sofá de casa de mis abuelos durante largas tardes de invierno al calor de la memoria y de una estufa eléctrica. En los últimos años de la licenciatura decidí que me apetecía criar y opté, junto a mi pareja, por la maternidad biológica: me acompañan en la vida y me enseñan cada día desde hace 11 años mi hija y desde hace 9 mi hijo.

Como soy preguntona e inconformista ante las injusticias decidí seguir formándome intelectualmente para resolverme a mí misma  algunas de las cuestiones, en lo que se refería a la desigualdad entre los género, y que no llegaba a entender. Así, me especialicé en el Máster de Género y Políticas de Igualdad de la UV.

La maternidad y el no encajar en el imaginario cultural de la “buena madre”, ni en el discurso normativo médico, hizo que necesitara investigar sobre el malestar de las mujeres en los procesos de creación de las identidades maternales y defendí mi tesina bajo el título “La lactancia: alimentación o identidad maternal. Aproximación a un malestar no escuchado”. Esos malestares acababan entremezclándose con otros tantos que las mujeres vivimos y que se estructuran en base una sociedad desigual en la que, mujeres y hombres, somos construidos como seres antagónicos y en relaciones jerárquicas y asimétricas.

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Escuchando a muchas mujeres migrantes y autóctonas  y trabajando con ellas en talleres voluntarios de empoderamiento femenino en la Asociación Valencia Acoge, puse nombre a experiencias que había vivido durante la infancia y entendí que mi madre había sido víctima de violencia de género pero que esa violencia la habíamos naturalizado. Descubrí que esto le pasaba a muchas otras y que ni ellas, ni nosotras, formábamos parte de las cifras oficiales.

En esta etapa me encontré a mí misma al entender quién era, qué significado y significante tenía mi género. Fue en ese momento cuando con más firmeza defendí y reivindiqué la palabra Feminismo(s) porque acababa de comprender por qué era imprescindible tanto ponerla en práctica como nombrarla. Es en esta época también cuando me especialicé en violencia de género capacitándome por la Unidad de Igualdad de la UV como tallerista en prevención de violencia de género. Acudí a seminarios, charlas, cursos, devoré libros, guías, ví documentales, cine crítico, e inicié un proyecto empresarial con otras personas especilizadas también en género, llamado Sinergias Intervención Social.

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He trabajado con mujeres que habían sufrido violencia de género y con otras que buscaban un espacio para ser ellas mismas y dejar de “ser” por, y para, los otros. Creamos una habitación propia y en ella nos dejábamos llevar y aprendíamos en la práctica el significado de la palabra sororidad.

Jugué y me despeiné en colegios realizando talleres coeducativos en los niveles de infantil y primaria. Realicé actividaes extraescolares también para esos colectivos en tardes en las que algunas familias apostaban por un juego guiado hacia la igualdad.

Me metí de lleno en las aulas de secundaria. Es aquí donde la palabra empatía irrumpío de golpe para poder acercarme a chicas y chicos que andan buscándose en otras personas. Tuve que cambiar mi vocabulario, mi jerga, la música que escuchaba, los programas televisivos, la literatura y el cine que consumía. Tuve, en definitiva que cambiar mi mirada para poder entender qué y cómo miraban ellas y ellos. Para entender por qué el Mito del Amor Romántico, una de las principales causas de la violencia de género, estaba todavía calando tanto entre chicas y chicos adolescentes, y poder mostrar modelos alternativos de ser hombre y ser mujer.

Diseñé e impartí cusos a profesorado de secundaria de formación en prevención de violencia de género y a familias para poder, desde los diferentes agentes sociales-educacionales, reflexionar  conjuntamente sobre los modelos que transmitimos a nuestros jóvenes y crear estrategias que propiciaran el cambio. Trabajé con excelentes profesionales de la educación que se capacitaron para detectar violencia de género y establecer protocolos de actuación desde sus respectivos centros.

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Hoy, sigo mi camino sola pero no en solitario. Trabajo cada día con personas que apuestan por la igualdad desde instituciones públicas y privadas (ayuntamientos, universidades, colegios, institutos, asociaciones, fundaciones). La palabra sola, como dice Marcela Lagarde, no es sinónimo de desolación, y disfruto de mis ritmos de trabajo, de mis inquietudes personales y profesionales que giran, siempre, en torno la violencia que se ejerce contra las mujeres por el hecho de serlo.

Colaboro con otras/os profesionales especializadas/os en género que vienen de la antropología, la psicología, la educación social, la sociología, el derecho… en diferentes proyectos y conservo, para no olvidar nunca de dónde vengo y no olvidarme de por qué estoy aquí, el nombre Sinergias. Estoy convencida de que las sinergias empoderan, son imprescindibles para crear movimientos de cambio y unión ante las desigualdades sociales.

Ahora, aunque soy mayor aún me gusta que me cuenten cuentos (y leerlos), me gusta jugar, hablar, esuchar, leer y escribir por eso en mi trabajo juego, hablo y escucho y, en mi tiempo de ocio, leo y escribo. En este blog puedes encontrar algunas de mis reflexiones y alguna de mis publicaciones. Si a ti también te gusta leer sobre esta temática me encantará saber qué te parecen y si te gusta escribir será una maravilla que me hagas llegar tus reflexiones para visibilizarlas en este blog y que generemos sinergias. Puedes también acercarte a los proyectos que he desarrollado en diferentes momentos e inspirarte o pedirme más información sobre ellos si te pareciéran interesantes.

Creo que nada es casualidad, más bien causalidad. Por eso si estás leyendo “Sobre mí” te invito a que te pasees por el blog y establezcamos una causa común. Todavía queda mucho por decir, por escribir, por hacer. ¿Me acompañas?

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